miércoles, 18 de febrero de 2026

Aprender a recordar juntos: Fricciones éticas y re-filiaciones en la memoria de Salta a 50 años del golpe

 Resistencia institucional y re-filiación democrática: Salta a 50 años del golpe

En el umbral del cincuentenario del golpe de 1976 y ante el avanzado "desmantelamiento del Estado nacional" en materia de derechos humanos, la Comisión Provincial de la Memoria de Salta redefine su agenda como un "escudo democrático". Analiza la disputa por el sentido político en el acto de Miguel Ragone y propone una transformación radical del rol policial: transitar de la seguridad perimetral a una "guardia de honor" pedagógica que rompa los "silencios corporativos". Entre la urgencia de la institucionalización y la "fricción ética" de los familiares, el texto explora cómo la memoria, territorializada y plural, se consolida como la única garantía de supervivencia frente al retroceso institucional de 2026.

Comisión Provincial de la Memoria

A 50 años del Golpe

Primera reunión de planificación de agenda

Salta, febrero de 2026

 


Contenidos:

Quiénesse reunieron

Convocatoriaa las organizaciones

Laarticulación con la Secretaría de Cultura: un Estado que suma

Laagenda acordada para marzo y abril de 2026

Bancode Acciones por los 50 años

Presentacióneditorial en la Usina Cultural

Circuitode Baldosas y Bicicleteada

Paseoen Kayak y Fogata en el Dique Cabra Corral

Festivalde la Memoria (20 de marzo)

MesaAmpliada Territorial (19 de marzo)

Territorializaciónen el interior: Joaquín V. González (30-31 de marzo)

Actoen la Legislatura Provincial

ElActo de Miguel Ragone en Cerrillos: la disputa por el protocolo

Lapolicía y el trabajo interno que la memoria exige

Dela seguridad del evento a la institución que rinde honores

Eltrabajo interno: pedagogía antes del acto

Romperel silencio corporativo

Lare-filiación democrática de la fuerza

Laimportancia de una agenda conjunta en tiempos de retroceso

 

 

 

Este documento es una comunicación dirigida a las organizaciones que integran la Comisión Provincial de la Memoria y a las organizaciones de derechos humanos de Salta, con el propósito de ponerlas en conocimiento de la primera reunión de trabajo que dio inicio a la planificación conjunta de la agenda de los 50 años del Golpe de Estado de 1976.

 

La reunión tuvo lugar el 18 de febrero de 2026, en vísperas del paro general convocado para el día siguiente, en un momento político de alta tensión: el proceso de desmantelamiento del Estado nacional avanza sobre las estructuras de derechos humanos, y la Comisión Provincial de la Memoria enfrenta el desafío de sostener y ampliar su trabajo en un contexto de retroceso institucional. Que la reunión haya ocurrido precisamente en ese umbral no es un detalle menor. Es el dato que mejor resume el espíritu con el que se trabaja.

 

síntesis uno.

 

Quiénes se reunieron

La convocatoria reunió a tres integrantes de la Comisión con perfiles complementarios, cuya articulación expresa la naturaleza plural e institucional del espacio.

 

La primera voz es la de quien ejerce la coordinación institucional de la Comisión, con una perspectiva pragmática y de largo plazo. Su argumento central es que la permanencia dentro del Estado no es una concesión al poder de turno, sino la única garantía de que las políticas de memoria sobrevivan a los cambios de gestión. "Lo que no se institucionalice dentro del Estado desaparece", fue la formulación que sintetizó su postura a lo largo de toda la reunión. Desde esa convicción, propuso que la Comisión demuestre su valor con actitudes y trabajo concreto, evitando el repliegue o el purismo ideológico que —según advirtió— puede resultar funcional al vaciamiento que se busca evitar.

 

La segunda voz es la de la Subsecretaría de Derechos Humanos del Gobierno de la Provincia, que actúa como nexo operativo entre la Comisión y otras áreas estatales. Su aporte en esta reunión fue doble: por un lado, la articulación concreta con la Secretaría de Cultura —un actor gubernamental que se suma a la agenda con recursos, espacios y capacidad de convocatoria—; por otro, la propuesta de territorializar y ampliar la base social de la Comisión, incorporando colectivos LGBT, gremios y universidades para renovar el espacio y garantizar su continuidad generacional.

 

La tercera voz es la de un familiar de desaparecido, nieto del gobernador Miguel Ragone, e integrante de la Comisión en su condición de investigador y militante de la memoria. Su intervención estuvo centrada en la dimensión ética y simbólica de los actos conmemorativos, y fue quien planteó con mayor precisión el problema del protocolo: cómo evitar que las instituciones del Estado conviertan los actos de memoria en rituales vacíos que revictimizan a los familiares y desplazan el contenido político de la conmemoración.

 

También participó como colaboradora técnica una cuarta integrante, consultada sobre aspectos de calendario y logística.

 

Síntesis dos.

 

Convocatoria a las organizaciones

Esta primera reunión fue una instancia de trabajo entre quienes pudieron confluir en esa fecha. No es ni pretende ser una instancia cerrada. La Comisión Provincial de la Memoria convoca a todas las organizaciones que han integrado este espacio en los últimos diez años —desde su consolidación como instancia de articulación entre el Gobierno provincial y los organismos de derechos humanos— a sumarse activamente a la planificación de la agenda de los 50 años.

 

La próxima reunión ampliada está prevista para el 19 de marzo de 2026, en el marco de una Mesa Ampliada Territorial que convocará a representantes de derechos humanos de los distintos municipios de la provincia, así como a colectivos LGBT, gremios y universidades. Esa instancia será la oportunidad para construir colectivamente la agenda y para que cada organización incorpore su perspectiva, sus recursos y sus compromisos al proceso.

 

Las organizaciones que deseen participar están convocadas a comunicarse con la Comisión para confirmar su asistencia y aportar propuestas.

 

 


La articulación con la Secretaría de Cultura: un Estado que suma

Uno de los elementos que la reunión dejó en claro es que la agenda de los 50 años no será únicamente una agenda de los organismos de derechos humanos. La Secretaría de Cultura del Gobierno de la Provincia se suma formalmente como un actor de la planificación, aportando espacios como la Usina Cultural, capacidad de convocatoria artística y recursos para actividades que van desde presentaciones editoriales hasta festivales y muestras.

 

Esta articulación no es un dato menor en el contexto actual. Cuando el Gobierno Nacional desmantela los organismos de derechos humanos y habilita discursos que cuestionan la memoria como política pública, la confluencia de la Subsecretaría de Derechos Humanos y la Secretaría de Cultura bajo el paraguas de la Comisión Provincial de la Memoria constituye una señal política clara: el Estado provincial sostiene la agenda de memoria como parte de su identidad institucional, no como un trámite de ocasión.

 

Esta alianza no disuelve las tensiones propias de la relación entre organismos y Estado. Las tensiones existen, son legítimas y forman parte del proceso. Pero la articulación demuestra que hay margen para construir, que el Estado no es un bloque monolítico y que, incluso en condiciones adversas, los espacios institucionales pueden ser disputados y sostenidos desde adentro.

 

 

La agenda acordada para marzo y abril de 2026

Las acciones acordadas en la reunión se estructuran en torno a tres ejes complementarios: la visibilidad institucional de la Comisión, la expansión territorial hacia el interior de la provincia y la recuperación del contenido ético de los actos de memoria.

 

Banco de Acciones por los 50 años

Se propuso crear un registro unificado de todas las intervenciones de derechos humanos que se desarrollarán en el período, con el objetivo de potenciar la visibilidad de cada acción y articular los esfuerzos de los distintos actores. Este banco funcionará como una plataforma común que visibilice la dimensión colectiva del trabajo.

 

Presentación editorial en la Usina Cultural

Se realizará la presentación del libro de la Red Nacional de HIJOS en la Usina Cultural, en un acto que combinará el lanzamiento editorial con la apertura pública de la agenda de la Comisión.

 

Circuito de Baldosas y Bicicleteada

Se realizará una intervención artística en torno a la colocación de baldosas en sitios de memoria de la ciudad —entre ellos la Central de Policía y la Policía Federal— seguida de un recorrido en bicicleta por los espacios señalizados. La actividad combina la marca del territorio con la movilización juvenil.

 

Paseo en Kayak y Fogata en el Dique Cabra Corral

Actividad de memoria narrativa en un entorno natural, que incluirá relatos sobre los juicios de lesa humanidad y la historia de las víctimas del terrorismo de Estado en Salta. La dimensión territorial de esta acción apunta a llegar a comunidades y públicos que habitualmente no participan de los actos urbanos.

 

Festival de la Memoria (20 de marzo)

Festival artístico en la Usina Cultural con músicos locales, pensado como un hito de movilización juvenil y de apertura de la agenda al conjunto de la sociedad salteña. El festival funcionará como el momento de mayor convocatoria y visibilidad de la Comisión en el período previo al 24 de marzo.

 

Mesa Ampliada Territorial (19 de marzo)

Convocatoria institucional a representantes de derechos humanos de todos los municipios de la provincia, incluyendo colectivos LGBT y gremios. Será la instancia de planificación colectiva y el espacio donde las organizaciones podrán incorporar sus propuestas a la agenda común.

 

Territorialización en el interior: Joaquín V. González (30-31 de marzo)

Viaje al interior provincial para realizar talleres y muestras con los banners históricos de la Comisión. Esta acción responde a la convicción de que la memoria no puede ser un fenómeno exclusivamente capitalino y de que la Comisión debe marcar presencia y construir vínculos en los territorios donde el abandono del Estado nacional se siente con mayor fuerza.

 

Acto en la Legislatura Provincial

Gestión de un evento en el patio de la Legislatura para dotar a la agenda de un anclaje institucional de alto perfil. Este acto buscará articular a los poderes del Estado provincial en el reconocimiento de los 50 años del Golpe como hito histórico que interpela a toda la sociedad salteña.

 

 

El Acto de Miguel Ragone en Cerrillos: la disputa por el protocolo

Entre todas las acciones propuestas, la reunión dedicó un espacio especial a repensar el Acto de Homenaje a Miguel Ragone que se realiza anualmente en Cerrillos el 11 de marzo, fecha de su desaparición. Lo que se planteó no fue únicamente una cuestión logística. Fue una discusión sobre el sentido político de los actos de memoria y sobre quién tiene la autoridad para conducirlos.

 

El diagnóstico fue claro y fue compartido: en los últimos años, el acto en Cerrillos ha sido vaciado de contenido. Las fuerzas de seguridad han ocupado un lugar central y protagónico —incluyendo las primeras filas del espacio ceremonial— mientras los familiares y los organismos de derechos humanos quedaban relegados a un rol secundario. El ceremonial municipal tomó el control del acto y lo convirtió en un ritual protocolar que, lejos de honrar la memoria de Ragone, la encuadra en una lógica de orden institucional que borra el sentido político de su desaparición.

 

La propuesta que surgió de la reunión es que la Comisión Provincial de la Memoria asuma la conducción del acto, desplazando el control del ceremonial del municipio hacia los organismos y familiares. Esto implica un cambio de protocolo que coloque a quienes tienen la autoridad moral y política en el lugar que les corresponde: al frente, como conductores de la conmemoración, y no como invitados en un acto que otros definen.

 

Este cambio no es un capricho ni una disputa de egos. Es una condición para que el acto sea lo que debe ser: un espacio de memoria genuina, donde la comunidad de Cerrillos y de Salta pueda encontrarse con la historia real de Ragone —su lucha política, su compromiso con los trabajadores, las razones de su persecución y desaparición— y no con una versión aséptica y despolitizada que no inquieta a nadie ni interpela nada.

 

La Comisión tiene la capacidad y la legitimidad para asumir ese rol. Tiene la representación de los organismos, la articulación con el Estado provincial y el respaldo de quienes llevan décadas construyendo memoria en Salta. El 11 de marzo de 2026 es la oportunidad para que ese rol se ejerza de manera visible y contundente.

 

 


La policía y el trabajo interno que la memoria exige

Separada de la cuestión del protocolo pero directamente vinculada a ella, la reunión abrió un debate que merece un desarrollo especial: el rol de las fuerzas de seguridad en los actos de memoria y el trabajo interno que esa participación implica para la institución policial.

 

La pregunta que disparó la discusión fue simple en su formulación pero enorme en sus consecuencias: ¿cómo debería estar la policía en un acto de memoria? Y la respuesta que emergió no fue la de excluirla, sino la de transformar radicalmente el tipo de presencia que se le asigna.

 

De la seguridad del evento a la institución que rinde honores

Hoy, la policía aparece en los actos de memoria como fuerza de seguridad: cuida el perímetro, controla la entrada, garantiza el "orden" del evento. En esa función, actúa como si la historia no la involucrara. Es una presencia técnica que borra el vínculo entre la institución y la tragedia que se conmemora.

 

Lo que se propone es una presencia radicalmente diferente: la policía presente no como custodio del evento, sino como institución que rinde honores. Una guardia de honor integrada por cadetes —los más jóvenes de la fuerza, quienes no tuvieron parte en lo que ocurrió— ubicada no en el perímetro sino en el centro del espacio, flanqueando el memorial o el retrato de la víctima. El Jefe de Policía, o quien lo represente, pronunciando un compromiso público de lealtad a la Constitución. Un saludo de rigor ante el memorial al final del acto.

 

La diferencia entre estas dos presencias no es de forma. Es de significado. En la primera, la policía actúa como si pudiera separarse de su historia. En la segunda, reconoce que esa historia la involucra profundamente y que su participación en el acto es una forma de decirle a la comunidad —y a sí misma— que entendió lo que pasó y que no vuelve a pasar.

 

El trabajo interno: pedagogía antes del acto

Para que esa presencia tenga sentido y no sea un ritual más vacío, el protocolo propuesto incluye una condición fundamental: ningún cadete debe participar en la guardia de honor sin haber recibido formación previa sobre la historia que va a honrar.

 

Eso implica la implementación de seminarios obligatorios en la Escuela de Cadetes sobre el caso que da origen al acto y sobre ética profesional en relación a los derechos humanos. Las preguntas que esa formación debe instalar son difíciles y necesarias: ¿Qué debe hacer un policía cuando recibe una orden que viola los derechos humanos? ¿Cómo puede una institución reconocer que, en otra versión de sí misma, fue cómplice de un crimen? ¿Qué significa, para alguien que lleva un uniforme, rendir honores a una persona que sus antecesores persiguieron?

 

Esas preguntas no tienen respuestas sencillas. Pero el hecho de que se formulen —de que la formación policial las incorpore como parte de su currícula— es en sí mismo un acto transformador. Es lo que convierte la guardia de honor de un gesto simbólico en un procedimiento ético.

 

Romper el silencio corporativo

Las instituciones cerradas —y la policía es una de ellas— preservan memorias internas que contradicen su discurso público. En el caso de la Policía de Salta, esas memorias subterráneas pueden incluir versiones del pasado que justifican o minimizan lo que ocurrió durante la dictadura. Algunas de esas versiones —en sus formas más brutales— pueden seguir viendo a las víctimas del terrorismo de Estado como "enemigos ideológicos". No se expresan en documentos ni en declaraciones oficiales, sino en los micro rituales: en un saludo ejecutado con desgano en un acto de memoria, en los silencios que siguen en los corredores de la Jefatura después de una ceremonia.

 

El protocolo no puede cambiar lo que piensa un oficial de la vieja guardia en su fuero interno. Pero puede obligarle a actuar de otra manera en el espacio público. Y esa obligación —cuando se sostiene en el tiempo, cuando se convierte en parte de la formación— tiene efectos reales sobre la cultura institucional. Pedir a un policía formado bajo la lógica de la "mano dura" que rinda honores a una víctima del terrorismo de Estado produce lo que los investigadores llaman una disonancia cognitiva: un malestar interior que surge cuando las acciones que una persona debe realizar contradicen sus creencias internas. Esa disonancia no es cómoda. Pero es necesaria. Es el mecanismo por el que las instituciones cambian.

 

La re-filiación democrática de la fuerza

Incluir a la policía en el protocolo no es un gesto de perdón ni una exoneración de responsabilidades históricas. Es un dispositivo de transformación institucional que apunta a lo que puede llamarse una re-filiación democrática: un acto por el que la institución dice, públicamente, que su lealtad es con la legalidad constitucional y no con la obediencia ciega a quien esté en el poder.

 

Esa re-filiación tiene una dimensión particularmente urgente en el contexto de 2026. Cuando el Gobierno Nacional habilita discursos que promueven la discrecionalidad policial y el disciplinamiento social, la provincia tiene la posibilidad de construir una "identidad salteña" de la fuerza que sea diferente a la que baja desde Nación. El protocolo de memoria puede ser ese anclaje: si la policía provincial ha rendido honores a una víctima del terrorismo de Estado, tiene un referente simbólico concreto para resistir órdenes que contradigan ese compromiso. No es una prohibición —esas ya existen en papel. Es una cultura institucional que hace la represión más difícil de justificar desde adentro.

 

El cadete que hoy participa en la guardia de honor frente al memorial de un gobernador desaparecido lleva esa imagen consigo durante toda su carrera. Si algún día enfrenta una orden que no puede cumplir sin violentar los derechos humanos, tendrá en su memoria no solo un conocimiento intelectual sino una experiencia corporal, vivida: sé lo que le costó a mi institución olvidar que su lealtad es con la democracia. No voy a ser parte de eso otra vez. Esa es la forma más profunda en que el protocolo puede funcionar como escudo democrático.

 

 

La importancia de una agenda conjunta en tiempos de retroceso

El momento en que se produce esta primera reunión no es casual ni inocente. Es febrero de 2026, año del cincuentenario del Golpe, y el Estado nacional avanza en el desguace de las estructuras de derechos humanos construidas con décadas de lucha. En ese contexto, la confluencia del Estado provincial —representado en la Comisión por la Subsecretaría de Derechos Humanos y la Secretaría de Cultura— con los organismos y organizaciones que han sostenido la memoria en Salta durante los últimos años tiene un valor que va más allá de la coyuntura.

 

Una agenda conjunta del Estado y las organizaciones de derechos humanos no es una claudicación de la autonomía militante ni una rendición ante las instituciones. Es el reconocimiento de que, en un período de retroceso, la memoria como política pública necesita de todos los actores que puedan sostenerla: los que tienen la legitimidad histórica de los organismos y las familias, y los que tienen los recursos, los espacios y la inserción institucional del Estado provincial.

 

La Comisión Provincial de la Memoria ha demostrado en diez años que ese espacio de articulación es posible y fructífero, sin que ninguna de las partes tenga que renunciar a su identidad. Las tensiones existen y son sanas: entre el pragmatismo institucional y el reclamo de pureza ética, entre la urgencia de mostrar trabajo y la necesidad de no vaciar el contenido político de la memoria, entre la gestión y la militancia. Esas tensiones no debilitan a la Comisión. La definen.

 

A cincuenta años del Golpe, la construcción de la memoria en Salta no es un proceso cerrado. Es una negociación constante donde el Estado es, simultáneamente, una herramienta de preservación y un objeto de desconfianza legítima. Navegar esa contradicción sin paralizarse, sin perder ni la eficacia institucional ni la esencia crítica del reclamo de justicia, es el desafío que la Comisión asume en este período.

 

Las organizaciones están convocadas. La agenda está abierta. El trabajo conjunto es la única respuesta posible.

 

 

Comisión Provincial de la Memoria — Salta, febrero de 2026

domingo, 15 de febrero de 2026

Memoria en Plural: Recomendaciones sobre las condiciones estructurales que la Mesa de Derechos Humanos de Salta debiera construir ante el 50° Aniversario del Golpe de Estado

 



 











El 13 de febrero de 2026, en la Facultad de Humanidades de la Universidad Nacional de Salta, tuvo lugar la reunión constitutiva del "Programa de Memoria y Derechos Humanos" para coordinar las "50 acciones" por el 50° aniversario del golpe de Estado. En un contexto de "avasallamiento financiero y discursivo" sobre derechos humanos, tres referentes presentaron propuestas en nombre de la Mesa: Canela Álvarez (H.I.J.O.S.), Fernando Pequeño Ragone (Asociación Miguel Ragone) y Marcela Gutiérrez (Asociación Coca Gallardo).

Estas propuestas surgieron de conversaciones informales, no de un plenario formal. Este hecho plantea una tensión fundamental: ¿cómo construir representaciones legítimas sin procesos deliberativos explícitos? Para que la Mesa enfrente efectivamente el desafío del 50° aniversario, debe fortalecer sus mecanismos democráticos internos. La legitimidad externa ante la universidad requiere, primero, legitimidad interna entre organizaciones. Solo así la memoria colectiva será verdaderamente plural y democrática.


Síntesis:

 



Contenidos:

1.Introducción: Un encuentro crucial en tiempos de avasallamiento

2.La sombra de lo informal: democratización y representación en la Mesa

3.Las propuestas: tres miradas, una trinchera común

3.1.Canela Álvarez: Archivo, exilio y estética de la resistencia

3.2.Fernando Pequeño Ragone: Batallas culturales y subjetividades en disputa

a)Memoria y Soberanía (vs. Democracia degradada)

b)Archivo y Justicia: La soberanía documental

c)Identidad y Género: Los 30.400

d)Masculinidades: El Che Guevara y la ética del cuidado

3.3.Marcela Gutiérrez: El soporte institucional y la prevención

4.Convergencias y tensiones: el tejido complejo de la memoria colectiva

Intersecciones:el núcleo duro de la resistencia

Divergencias:metodologías de la intervención política

5.Conclusión: La memoria como praxis colectiva en el 50° aniversario

Llamadoa la acción: Hacia una memoria democrática y plural

 

 

1. Introducción: Un encuentro crucial en tiempos de avasallamiento

El 13 de febrero de 2026, en la Sala de Reuniones de la Facultad de Humanidades de la Universidad Nacional de Salta (UNSa), tuvo lugar un encuentro que, más allá de su aparente formalidad institucional, representa un acto de resistencia política y pedagógica. En un contexto nacional descrito por los propios participantes como de "avasallamiento financiero y discursivo" sobre el campo de los derechos humanos, quince personas se reunieron para dar forma al "Programa de Memoria y Derechos Humanos", orientado a coordinar las "50 acciones por los 50 años" del golpe de Estado de 1976.

En ese encuentro tomaron la palabra tres representantes de la Mesa de Derechos Humanos de Salta, cada uno aportando desde institucionalidades diferenciadas pero convergentes: Canela Álvarez, integrante de H.I.J.O.S. Salta y trabajadora de la UNSa, quien además representa a la agrupación nacional de hijos e hijas del exilio; Fernando Pequeño Ragone, referente de la Asociación Miguel Ragone y portavoz de las cinco organizaciones históricas que conforman la Mesa; y Marcela Gutiérrez, de la Asociación Coca Gallardo y colaboradora del Comité Nacional para la Prevención de la Tortura.

Esta configuración no es azarosa. La Mesa de Derechos Humanos de Salta, como espacio de coordinación, evidencia en estos tres interlocutores una pluralidad representativa fundamental: mientras comparten la membresía común en la Mesa (su intersección institucional), cada uno trae consigo afiliaciones complementarias que amplían el alcance político del colectivo. Álvarez conecta con la militancia generacional de H.I.J.O.S. y las redes nacionales del exilio; Pequeño Ragone articula la memoria familiar directa de las víctimas con el trabajo territorial histórico; y Gutiérrez vincula la lucha por la memoria del pasado con la vigilancia de derechos humanos en el presente a través del mecanismo nacional de prevención de la tortura. Esta diversificación —que incluye ONGs territoriales, centros de documentación y organismos estatales de control— fortalece la capacidad de incidencia de la Mesa, permitiéndole operar simultáneamente en múltiples registros: el activismo callejero, la gestión académica, la articulación judicial y la prevención contemporánea.

Sin embargo, como veremos, esta riqueza representativa también plantea desafíos en términos de legitimidad interna y procesos decisorios democráticos.

2. La sombra de lo informal: democratización y representación en la Mesa

De la primera reunión en la incipiente mesa de trabajo del Programa de Memoria y Derechos Humanos en la Universidad, se evidencia una tensión estructural que merece ser problematizada: aunque las propuestas fueron presentadas formalmente "en nombre de la Mesa de Derechos Humanos", su génesis no provino de un plenario deliberativo formal, sino de "conversaciones informales entre miembros". Esta situación, lejos de ser anecdótica, nos interpela sobre los modos en que las organizaciones de derechos humanos construyen legitimidad interna en contextos de urgencia política.

Desde la perspectiva de la justicia transicional desarrollada por Naomi Roht-Arriaza, sabemos que la efectividad de las políticas de memoria depende no solo de su contenido sustantivo, sino de la legitimidad procedimental de quienes las impulsan. Una Mesa de Derechos Humanos que articula organizaciones con historias, culturas políticas y metodologías diversas requiere mecanismos explícitos de toma de decisiones que eviten la concentración del poder enunciativo en algunos referentes, por legítimos que sean sus trayectorias personales.

El riesgo de este modelo informal es doble. Por un lado, puede generar sensaciones de subrepresentación entre aquellos miembros de organizaciones que no participaron de las conversaciones previas, incluso si coinciden sustantivamente con las propuestas. José Bleger, desde el psicoanálisis institucional, nos alertaba sobre cómo los "pactos implícitos" —aquellos acuerdos no formalizados que organizan la vida de las instituciones— pueden convertirse en fuentes de malestar cuando no son explicitados y revisados colectivamente. Una organización puede sentir que su voz fue "representada" sin haber sido efectivamente consultada, lo que erosiona la confianza y la cohesión.

Por otro lado, existe el riesgo de legitimación externa frágil: cuando un programa universitario o una instancia estatal solicita el posicionamiento "de la Mesa", esperan que ese posicionamiento refleje un proceso deliberativo robusto. La informalidad puede ser funcional en contextos de movilización urgente, pero se vuelve problemática cuando se trata de establecer alianzas institucionales de largo plazo, como la que aquí se está construyendo con la UNSa.

¿Cómo fortalecer entonces la democratización interna sin perder capacidad de respuesta? Desde una perspectiva de sostenibilidad institucional, resulta imperativo implementar estrategias concretas:

1. Protocolo de representación escalonada: Establecer que las propuestas que se presenten "en nombre de la Mesa" en espacios institucionales externos requieren, como mínimo, la circulación previa de un documento borrador entre todas las organizaciones miembro con un plazo de 72 horas para comentarios. Esto no implica unanimidad, pero sí garantiza que todas las voces tengan oportunidad de ser escuchadas.

2. Plenarios híbridos trimestrales: Implementar reuniones presenciales obligatorias cada tres meses, complementadas con herramientas digitales (Google Meet, Zoom) que permitan la participación de representantes que no puedan asistir físicamente. Estas reuniones deben tener orden del día circulado con antelación y actas públicas.

3. Mecanismo de disenso constructivo: Crear un protocolo que permita a cualquier organización miembro expresar un "disenso parcial" con una posición mayoritaria, quedando registrado en las comunicaciones oficiales. Esto enriquece la pluralidad sin paralizar la acción colectiva.

4. Rotación de vocerías: Establecer que las representaciones ante instancias externas (universidades, gobierno, medios) roten entre diferentes organizaciones cada seis meses, evitando la concentración de la función enunciativa en los mismos referentes.

5. Sistematización de memoria institucional: Crear un archivo digital compartido donde queden registradas todas las propuestas, deliberaciones y posicionamientos de la Mesa, permitiendo que nuevos miembros o generaciones futuras puedan reconstruir el proceso histórico de toma de decisiones.

Estas medidas no buscan burocratizar la militancia, sino proteger la vitalidad democrática de una Mesa que, precisamente por su pluralidad, requiere cuidados institucionales específicos. Como señala Elizabeth Jelin en su trabajo sobre memorias colectivas, las organizaciones de derechos humanos no solo custodian la memoria del pasado; también son laboratorios de democracia en el presente.

3. Las propuestas: tres miradas, una trinchera común


3.1. Canela Álvarez: Archivo, exilio y estética de la resistencia

La intervención de Canela Álvarez estructura su propuesta desde una triple legitimidad: como militante de H.I.J.O.S., como hija del exilio y como trabajadora técnica de la propia UNSa. Esta posición le permite articular lo que denominaremos "soberanía documental": la necesidad urgente de que la universidad se convierta en custodia de los archivos judiciales de los 31 juicios de lesa humanidad realizados en Salta.

Como ella misma expresa: "las personas se nos van yendo", introduciendo un marcador de urgencia temporal que politiza el duelo biológico. Álvarez no solo está pensando en preservar papeles; está pensando en transferir el "capital simbólico de la verdad" —en términos de Pierre Bourdieu— desde los cuerpos envejecidos de los testigos directos hacia soportes institucionales que puedan garantizar su permanencia frente a gobiernos "que ese material no le interesa".

Aquí se activa uno de los conceptos centrales de la justicia transicional: la idea de que la verdad judicial no puede quedar atrapada en los expedientes, sino que debe transformarse en materiales pedagógicos accesibles para las nuevas generaciones. Álvarez propone específicamente trabajar sobre los archivos digitales en diversos formatos (Word, PDF, videos) para crear insumos audiovisuales que puedan llegar a las escuelas.

Pero su intervención no se agota en lo archivístico. Álvarez introduce una dimensión históricamente invisibilizada: el exilio como violación de derechos humanos. Al presentar el libro Sapos de otro pozo, producido por la agrupación nacional de hijos e hijas del exilio, está disputando el relato hegemónico que construyó una jerarquía implícita entre las víctimas: desaparecidos en primer lugar, presos políticos en segundo, y exiliados en una "categoría inferior". Michael Pollak, en su trabajo sobre "memorias subterráneas", explica cómo ciertas experiencias permanecen silenciadas no por olvido, sino porque no encajan en el marco narrativo dominante. El exilio, al no tener la carga dramática de la desaparición ni el heroísmo de la resistencia carcelaria, quedó durante décadas como una memoria "no-dicha" en muchas familias.

La propuesta de Álvarez es, en este sentido, profundamente reparatoria: busca que la UNSa sea el "sitio pertinente" para que las historias locales de exiliados salteños dejen de ser anécdotas familiares y se transformen en conocimiento público legitimado.

Finalmente, Álvarez incorpora una dimensión que Fernando Pequeño retomará con fuerza: el protagonismo de las asambleas transfeministas y la importancia del arte como herramienta de resistencia. Señala que "el arte llega donde el discurso teórico no llega", anticipando que la batalla por la memoria en 2026 no puede librarse solo en el lenguaje de los juristas o los académicos, sino que requiere también de la "estética de la resistencia" que Álvarez lee en los escraches, las intervenciones callejeras y las producciones culturales de las nuevas generaciones.

3.2. Fernando Pequeño Ragone: Batallas culturales y subjetividades en disputa

La intervención de Fernando Pequeño Ragone es la más conceptualmente densa y políticamente combativa de las tres. Pequeño, nieto del exgobernador desaparecido Miguel Ragone y militante histórico en Salta, no se presenta como un simple depositario de memoria familiar, sino como un "emprendedor de la memoria" —en términos de Jelin— que busca actualizar el debate sobre qué significa recordar el terrorismo de Estado en 2026.

Su propuesta se estructura en cuatro dimensiones estratégicas que funcionan como "campos de batalla" culturales:

a) Memoria y Soberanía (vs. Democracia degradada)

Pequeño propone un desplazamiento conceptual audaz: abandonar la "democracia" como eje articulador del campo popular, dado que el concepto está "totalmente degradado" por el accionar del Estado actual. En su lugar, propone la "soberanía" como concepto vertebrador, vinculando la memoria del terrorismo de Estado con las luchas gremiales contemporáneas y el plan económico vigente. Sostiene que el negacionismo actual no es solo una disputa historiográfica, sino una "herramienta política para desarticular la soberanía de los trabajadores".

Esta línea argumental resuena con los debates de la teoría política latinoamericana sobre "democracia sustantiva" versus "democracia formal". Como señala Guillermo O'Donnell, la democracia en América Latina no puede evaluarse solo por la existencia de elecciones, sino por la capacidad efectiva de los ciudadanos de ejercer derechos. Pequeño está diciendo: si el Estado actual vacía de contenido la democracia, entonces nuestra tarea no es defenderla nostálgicamente, sino construir soberanía popular desde abajo.

b) Archivo y Justicia: La soberanía documental

En línea con la propuesta de Álvarez, Pequeño enfatiza la necesidad de que la UNSa resguarde archivos judiciales. Pero introduce un matiz crucial: menciona la existencia de "200 páginas aportadas por un ex-fiscal" que documentan el inicio de la política post-dictadura en 1983 y "cómo ciertos actores actuales se encubrieron en aquel proceso".

Aquí el archivo deja de ser un "depósito de papeles muertos" para convertirse en prueba de continuidades institucionales: la dictadura no terminó el 10 de diciembre de 1983, sino que dejó redes de complicidad y silencio que pervivieron durante décadas. Esta lectura conecta con el concepto de "impunidad estructural" desarrollado por Roht-Arriaza: no es solo que algunos culpables no fueron juzgados, sino que las instituciones mismas protegieron activamente a los perpetradores.

Además, Pequeño destaca la importancia del archivo fílmico del Juicio Ragone (2011), compuesto por 50 DVDs que documentan el proceso completo. Actualmente alojado en YouTube en el canal de la Asociación Ragone, Pequeño propone "migrarlo" a un repositorio universitario oficial para dotarlo de "legitimidad institucional". Esta propuesta dialoga con la teoría de la gestión de la memoria de Pollak: la memoria no es algo que simplemente "existe", sino que requiere de dispositivos institucionales que la protejan del olvido y la manipulación.

c) Identidad y Género: Los 30.400

Quizás la propuesta más audaz de Pequeño es su defensa de la cifra "30.400" para visibilizar a la comunidad LGBTQ+ entre los desaparecidos. Argumenta que "no se pueden obviar las identidades que no estuvieron presentes en los juicios hasta recientemente" y que el movimiento LGBT unido al feminismo constituye hoy un "actorazo político" ineludible.

Esta propuesta conecta directamente con los debates contemporáneos sobre interseccionalidad en los estudios de memoria. La cifra de "30.000 desaparecidos", aunque simbólicamente potente, invisibilizó durante décadas las identidades sexuales disidentes que fueron objeto de persecución específica. Como señala el trabajo de Insausti y Greco sobre el Archivo de la Memoria Trans, la dictadura ejerció violencias diferenciadas sobre los cuerpos trans, travestis y homosexuales, muchos de los cuales nunca fueron registrados como "desaparecidos" por sus familias debido al estigma.

Pequeño no está proponiendo "reemplazar" la cifra histórica, sino ampliarla para hacer justicia epistémica a quienes fueron doblemente borrados: por la dictadura y por el heteronormativismo de las propias organizaciones de derechos humanos durante años. Esta es una batalla por la hegemonía narrativa dentro del propio campo de la memoria.

d) Masculinidades: El Che Guevara y la ética del cuidado

La cuarta dimensión propuesta por Pequeño es, según sus propias palabras, "la más compleja": analizar al Che Guevara como paradigma de masculinidad para contraponer una "ética del cuidado" frente a la "ética del odio" promovida por las nuevas derechas.

Este eje dialoga con los estudios sobre masculinidades hegemónicas de R.W. Connell, quien mostró cómo la construcción social de "lo masculino" en contextos revolucionarios latinoamericanos exaltó la dureza, el sacrificio y la violencia legítima como virtudes, invisibilizando las dimensiones del cuidado, la vulnerabilidad y la afectividad. Pequeño está proponiendo una relectura del Che desde el feminismo, buscando rescatar lo que Carol Gilligan llamaría una "ética del cuidado" capaz de disputar las subjetividades juveniles que hoy son captadas por discursos de crueldad y competencia extrema.

Esta propuesta no es nostálgica; es profundamente estratégica. En un contexto donde las nuevas derechas reclutan jóvenes varones ofreciéndoles modelos de masculinidad basados en el dominio y el desprecio, Pequeño propone ofrecer una masculinidad alternativa: la del "hombre nuevo" guevariano releído desde una ética feminista. Es una batalla por las subjetividades en disputa, reconociendo que la memoria del pasado solo será políticamente relevante si logra interpelar a las generaciones presentes.

3.3. Marcela Gutiérrez: El soporte institucional y la prevención

La intervención de Marcela Gutiérrez es más breve pero estratégicamente crucial. Como integrante de la Asociación Coca Gallardo y colaboradora del Comité Nacional para la Prevención de la Tortura, Gutiérrez aporta lo que podríamos llamar el "blindaje institucional" del programa.

Su rol no es proponer nuevas líneas temáticas, sino asegurar que las propuestas de Álvarez y Pequeño cuenten con el respaldo de mecanismos estatales de protección de derechos humanos. El Comité Nacional para la Prevención de la Tortura, creado en cumplimiento del Protocolo Facultativo de la Convención contra la Tortura (OPCAT), es un organismo con facultades de inspección sobre lugares de detención y capacidad de emitir recomendaciones al Estado argentino.

La participación de Gutiérrez vincula la memoria del terrorismo de Estado con la prevención de violencias institucionales en el presente. Esta conexión no es retórica: sabemos por el trabajo de organizaciones como la Comisión Provincial por la Memoria de Buenos Aires que muchas de las prácticas de tortura documentadas en comisarías y cárceles argentinas en los últimos años tienen continuidad directa con las metodologías de la dictadura (posiciones forzadas, submarino seco, violencia sexual).

Gutiérrez está diciendo: la memoria no es solo mirar hacia atrás, sino construir las condiciones institucionales para que el "Nunca Más" sea efectivo hoy. Desde la perspectiva de la justicia transicional, esta es la función de las "garantías de no repetición": no basta con juzgar a los responsables del pasado si el Estado sigue reproduciendo prácticas torturantes en el presente.

4. Convergencias y tensiones: el tejido complejo de la memoria colectiva

Cuando analizamos las tres intervenciones en conjunto, emergen tanto intersecciones fundamentales como divergencias metodológicas que enriquecen la propuesta colectiva.

Intersecciones: el núcleo duro de la resistencia

Los tres interlocutores convergen en puntos que constituyen el consenso político mínimo de la Mesa en 2026:

1. La Universidad como refugio institucional: Existe un acuerdo total en que la UNSa es el "sitio pertinente" y el "plafón" necesario para proteger la memoria frente al negacionismo estatal. Esta confianza en la universidad como "trinchera" no es ingenua: reconoce que, pese a sus contradicciones, la autonomía universitaria sigue siendo uno de los pocos espacios institucionales capaces de resistir presiones políticas directas.

2. El combate al negacionismo como batalla presente: Los tres identifican la reactivación de la "teoría de los dos demonios" como el principal enemigo discursivo. No están hablando de un debate historiográfico abstracto, sino de un negacionismo que tiene consecuencias materiales concretas: recortes presupuestarios a organismos de derechos humanos, desfinanciamiento de programas de memoria, cuestionamiento público de las cifras de desaparecidos.

3. La urgencia temporal: Hay consenso en que "las personas se nos van yendo" y que es imperativo sistematizar testimonios y archivos "en bruto" antes de que los testigos directos fallezcan. Esta urgencia no es solo biológica: es también política, reconociendo que cada testigo que muere es una batalla perdida frente al olvido.

Divergencias: metodologías de la intervención política

Donde las propuestas se diversifican es en los énfasis estratégicos y las metodologías de intervención:

Técnico-archivístico vs. Teórico-político: Mientras Álvarez se enfoca en la "labor de memoria" técnica (catalogar, digitalizar, sistematizar archivos judiciales), Pequeño se inclina por las "batallas culturales" subjetivas (masculinidades, soberanía, 30.400). Esta no es una contradicción, sino una complementariedad estratégica: la memoria requiere tanto de su base material (los archivos) como de su actualización simbólica (los marcos interpretativos).

Desde la perspectiva de Richard Rorty sobre los derechos humanos, podríamos decir que Álvarez trabaja en el "sentimentalismo" (hacer que la gente sienta empatía por las víctimas a través de testimonios concretos), mientras que Pequeño trabaja en el "vocabulario moral" (disputar los conceptos mismos con los que pensamos la democracia, la violencia y la justicia).

Universalismo vs. Particularismo: La propuesta de Pequeño sobre los 30.400 introduce una tensión productiva con la cifra históricamente consensuada de los 30.000. Desde la teoría de los derechos humanos, esta tensión refleja el debate entre universalismo (todos los desaparecidos son iguales en su condición de víctimas) y particularismo (algunas víctimas sufrieron violencias específicas por su identidad sexual que deben ser nombradas).

Esta tensión no tiene resolución fácil, pero su sola existencia es valiosa: impide que el campo de la memoria se congele en fórmulas repetidas y lo obliga a dialogar con los debates contemporáneos sobre interseccionalidad. Como señala Nancy Fraser, la justicia requiere tanto de redistribución (reconocer a todas las víctimas) como de reconocimiento (nombrar las especificidades de cada opresión).

Memoria vs. Prevención: La intervención de Gutiérrez introduce una dimensión que podría parecer tangencial, pero que es políticamente central: vincular la memoria del pasado con la vigilancia sobre las violencias institucionales del presente. Esto conecta con el concepto de "justicia transicional en contextos de violencia persistente" desarrollado por el Centro Internacional para la Justicia Transicional: en países donde la violencia estatal no cesó completamente después de la dictadura, no puede haber una separación tajante entre "memoria histórica" y "derechos humanos actuales".

Esta diversidad de enfoques refleja lo que R.W. Connell llamaría "masculinidades múltiples" en el campo de la memoria: no hay una única forma correcta de recordar, sino múltiples estrategias que deben coexistir y complementarse. La clave está en que estas diferencias no se conviertan en fragmentación, sino en pluralismo estratégico.

5. Conclusión: La memoria como praxis colectiva en el 50° aniversario

A cincuenta años del golpe de Estado de 1976, el encuentro del 13 de febrero de 2026 en la UNSa representa un momento de madurez política del movimiento de derechos humanos en Salta. La propuesta colectiva de la Mesa, expresada a través de las voces de Álvarez, Pequeño y Gutiérrez, demuestra que la memoria no es un monumento estático, sino un tejido vivo capaz de incorporar nuevas luchas, nuevas identidades y nuevos desafíos.

El valor estratégico de este diálogo radica precisamente en su capacidad de articular intersecciones (el consenso en la universidad como refugio, el combate al negacionismo) con diversificaciones (el exilio, la diversidad sexual, la prevención de la tortura). Esta combinación crea lo que podríamos llamar una "memoria resiliente": suficientemente sólida en su núcleo de verdades innegociables (el terrorismo de Estado fue un crimen de lesa humanidad), pero suficientemente flexible para incorporar nuevos sujetos y demandas sin traicionar su esencia.

Para Salta, esta propuesta tiene un peso específico adicional. La Asociación Miguel Ragone no es una organización más: es el recordatorio vivo de que el primer golpe fue aquí, contra un gobernador peronista democráticamente electo. El Juicio Ragone (2011) fue el primer juicio de lesa humanidad en la provincia, estableciendo un precedente fundamental. Al proponer que la UNSa resguarde los 50 DVDs de ese juicio, Pequeño Ragone no solo está preservando la memoria de su abuelo, sino estableciendo a Salta como un faro de justicia transicional para todo el Noa.

La integración del exilio en la agenda, propuesta por Álvarez, también tiene resonancia local: Salta fue un corredor de exilio hacia Bolivia y Chile, y muchas historias de familias dispersadas nunca fueron contadas. Al incorporar Sapos de otro pozo en el programa, se está haciendo justicia reparatoria con una generación que creció sintiéndose "menos víctimas" que los hijos de desaparecidos o presos políticos.

Finalmente, la insistencia de Pequeño en visibilizar a la comunidad LGBTQ+ y proponer nuevas masculinidades conecta con las luchas presentes de las juventudes salteñas, donde las asambleas transfeministas han sido protagonistas de las resistencias al gobierno nacional actual.

Llamado a la acción: Hacia una memoria democrática y plural

Este ensayo no puede concluir con una simple descripción académica. El momento político exige interpelación y compromiso. A las organizaciones de la Mesa de Derechos Humanos de Salta, a las entidades aliadas, a los actores académicos, sindicales, estudiantiles y comunitarios, se les plantea un desafío colectivo:

1. Democratizar la representación: Es imperativo formalizar los mecanismos de deliberación interna de la Mesa. Las propuestas aquí analizadas son valiosas, pero su legitimidad se fortalecería con procesos participativos explícitos. Convocamos a implementar plenarios regulares, rotación de vocerías y protocolos de consulta que garanticen que todas las voces sean escuchadas.

2. Sostener la alianza con la UNSa: La universidad es el "plafón" institucional que puede proteger la memoria frente al negacionismo. Pero esta alianza requiere reciprocidad: la UNSa debe garantizar recursos, legitimidad y apertura pedagógica; las organizaciones deben aportar su acumulado histórico, su conexión territorial y su capacidad de movilización.

3. Ampliar la coalición: Las "50 acciones por los 50 años" no pueden ser solo de los organismos históricos. Es necesario incorporar activamente a sindicatos, movimientos estudiantiles, colectivos feministas, comunidades indígenas y organizaciones barriales. La memoria del terrorismo de Estado solo será políticamente relevante si logra articularse con las luchas del presente.

4. Construir pedagogías de la memoria: No basta con preservar archivos; es necesario transformarlos en materiales pedagógicos accesibles. Las escuelas, los centros comunitarios, los sindicatos, deben poder acceder a testimonios, documentos y análisis que les permitan comprender por qué el "Nunca Más" es una consigna viva, no un eslogan del pasado.

5. Disputar las subjetividades: La batalla por la memoria es también una batalla por el presente y el futuro. Como propone Pequeño Ragone, es necesario ofrecer a las juventudes modelos de subjetividad política que disputen los discursos de odio y crueldad. La ética del cuidado, el reconocimiento de las diversidades, la valoración de la vulnerabilidad como fortaleza política, deben ser parte de esta pedagogía.

El 24 de marzo de 2026 no será una fecha más. Será la oportunidad de demostrar que la memoria colectiva en Salta está viva, es plural, es democrática y es capaz de dialogar con las complejidades del presente sin renunciar a las verdades del pasado.

La Mesa de Derechos Humanos tiene ante sí la responsabilidad histórica de convertir este 50° aniversario en un punto de inflexión: no solo recordar, sino construir las condiciones institucionales, culturales y políticas para que el terrorismo de Estado sea definitivamente inimaginable en Argentina.

El "Nunca Más" no es un deseo: es un compromiso que se construye cada día, con archivos resguardados, con memorias plurales, con pedagogías críticas, con alianzas sólidas y con democracia interna. Es un compromiso que nos convoca a todos.

La memoria es acción. La memoria es presente. La memoria es responsabilidad colectiva.

 

viernes, 13 de febrero de 2026

Primer Encuentro del Programa Memoria y Derechos Humanos UNSa

 

En la sala de reuniones de la Facultad de Humanidades de la UNSa, quince voces se encontraron el 13 de febrero de 2026 para trazar una ruta colectiva ante el 50° aniversario del golpe de Estado. Autoridades académicas, representantes de organismos históricos de derechos humanos y estudiantes articularon un programa que convierte a la universidad en custodio de la memoria judicial de Salta y en trinchera contra el negacionismo. Entre archivos de juicios por rescatar, debates conceptuales sobre democracia y soberanía, y una agenda de 50 acciones culturales y pedagógicas, el encuentro reveló que la batalla por la memoria no se libra solo en las calles: también se disputa en las aulas, en los archivos y en la formación de las nuevas generaciones. Este informe reconstruye el clima, los argumentos y las apuestas políticas de una reunión fundacional que busca transformar la efeméride en política de Estado universitaria.

Sala de reuniones del Consejo de la Facultad de Humanidades, U N Sa
 
Ver también
Fernando Pequeño, asistido con NotebookLM y Claude IA [1]

 Sintesis

 

Contenidos

1.La Reunión: Un Espacio de Resistencia Académica

2.Los Interlocutores y sus Argumentos Centrales

3.Los Archivos de los Juicios: Memoria Jurídica como Pedagogía Popular

4.Democracia versus Soberanía: Una Disputa Teórica con Consecuencias Prácticas

5.La Agenda: 50 Acciones por los 50 Años

A.Dimensión Archivística y Justicia

B.Dimensión Académica y Curricular

C.Dimensión de Extensión y Cultura

AcuerdosOperativos Inmediatos

LaUniversidad como Trinchera de Soberanía Documental

 

 


 

1. La Reunión: Un Espacio de Resistencia Académica

El 13 de febrero de 2026, la Sala de Reuniones de la Facultad de Humanidades de la Universidad Nacional de Salta se transformó en un espacio de articulación política y memoria. Quince voces —académicas, militantes, estudiantiles— se congregaron para dar forma al Programa de Memoria y Derechos Humanos, una iniciativa que busca coordinar las acciones institucionales ante la inminencia del 50° aniversario del golpe de Estado de 1976.

El clima de la reunión estuvo marcado por una tensión productiva entre la urgencia y la reflexión estratégica. Los interlocutores coincidieron en describir el contexto nacional como un momento de "avasallamiento financiero y discursivo" sobre el campo de los derechos humanos, lo que convirtió al encuentro en algo más que una mera coordinación burocrática: fue una "apuesta política" explícita desde la universidad pública.

La espacialidad misma del encuentro —las paredes de la Facultad de Humanidades— adquirió un significado simbólico. Como señaló la decana Mercedes Quiñones, se trataba de construir un "plafón institucional" que validara y protegiera las luchas de los organismos de derechos humanos ante el embate negacionista. La universidad emergió así como el último refugio de la memoria científica y popular.

Agenda anticipada: El encuentro delineó un plan ambicioso de "50 acciones por los 50 años" que se extenderá desde el 24 de marzo hasta el 10 de diciembre de 2026, estructurado en tres ejes: la salvaguarda y activación de archivos judiciales, la transversalización curricular de los derechos humanos en grado y posgrado, y la producción de materiales pedagógicos y culturales para disputar la batalla por la memoria en el espacio público.

 

2. Los Interlocutores y sus Argumentos Centrales

La diversidad de voces en la sala constituyó la fortaleza del encuentro. Entre autoridades académicas, representantes de organismos históricos y nuevas generaciones estudiantiles, se tejió un diálogo intergeneracional que recupera lo que Elizabeth Jelin denomina "emprendedores de la memoria".


Mercedes Quiñones (Decana de la Facultad de Humanidades) propuso la "transversalización de los derechos humanos" en toda la estructura universitaria, desde el grado hasta la formación de docentes y no docentes. Su intervención estuvo marcada por una determinación institucional firme: hacer que la universidad "salga de sus muros" hacia los colegios y otras instituciones para ganar fuerza política ante el desfinanciamiento. Quiñones defendió explícitamente una "democracia socialista" como horizonte ideológico del programa.

Fernando Pequeño (representante de la Mesa de Derechos Humanos y de la Asociación Miguel Ragone) desplegó la argumentación más combativa. Definió al campo de los derechos humanos como un "campo de batalla" cultural, judicial y subjetivo que requiere la intersección entre academia y organizaciones populares. Su intervención se estructuró en cuatro dimensiones: memoria y soberanía, archivos y justicia, identidad (incluyendo la visibilización LGBT en la cifra "30.400"), y subjetividades en disputa. Pequeño politizó la supervivencia de las luchas al afirmar que "si no hacemos presente al estado, las luchas mueren con sus actores", advirtiendo sobre la "burocratización estatal" que ha desgastado a los organismos tras el kirchnerismo.


Canela Álvarez (integrante de H.I.J.O.S. Salta y trabajadora de la universidad) centró su intervención en el resguardo urgente de los archivos judiciales. Expresó una profunda desconfianza hacia la estabilidad de las instituciones estatales actuales, alertando sobre el riesgo de que gobiernos "a los que ese material no les interesa" permitan la pérdida de los expedientes de los 31 juicios de lesa humanidad realizados en Salta. Su discurso reflejó una responsabilidad generacional de custodia, advirtiendo que "las personas se nos van yendo" y con ellas, los testimonios directos.

Rodrigo Solá (Director de la Maestría en Derechos Humanos) asumió el rol de articulador institucional del programa. Propuso que la universidad sea depositaria de todo el material producido en los juicios para "darle vida a ese archivo", trascendiendo la mera acumulación documental. Solá explicó que la elección del nombre del programa fue objeto de intenso debate, decidiéndose finalmente por "Democracia y Derechos Humanos" como un "paraguas mayor" necesario para enfrentar el negacionismo actual.

Alejandra Solá (profesora de Historia e investigadora) introdujo una dimensión internacional, vinculando la experiencia de los archivos del movimiento obrero español (Fundación Salvador Seguí) con la realidad local. Propuso la creación de un "postítulo para docentes" de secundaria para combatir las vacancias de formación política y los rechazos directivos a trabajar estos temas en las escuelas. En el debate conceptual sobre democracia y soberanía, defendió el "dispositivo democrático" advirtiendo sobre el peligro de abandonar el concepto: "si no tenemos democracia, ¿qué? Porque la soberanía tampoco es nuestra".

Otras voces significativas incluyeron a Marcela Gutiérrez (Asociación Coca Gallardo), Cora Pauluzzi (profesora de Filosofía), Belen (representante estudiantil y becaria del Museo Histórico), y Marcelo Correa (Director de la Escuela de Historia), cada uno aportando desde sus espacios específicos a la construcción colectiva del programa.

 

3. Los Archivos de los Juicios: Memoria Jurídica como Pedagogía Popular


El núcleo más sustancial de la reunión giró en torno a la salvaguarda y activación de los archivos judiciales, tema que Michael Pollak conceptualizaría como la transición de una "memoria bajo presión" a una "memoria pública".

Rodrigo Solá fundamentó la institucionalización del archivo judicial como una política de memoria activa. Argumentó que la universidad debe asumir el rol de depositaria de todo el material producido en los 30 o 31 juicios de lesa humanidad celebrados en Salta. El convenio con la Fiscalía de Derechos Humanos permitirá acceder a un fondo documental que incluye archivos en formato Word, PDF, videos y sentencias. Solá politizó este gesto al presentarlo no como un trámite burocrático, sino como una herramienta de articulación intersectorial que permitirá generar "cortos, placas e información" para las nuevas generaciones, además de nutrir prácticas profesionales y proyectos de investigación en grado y posgrado.

Canela Álvarez fundamentó la urgencia del traspaso en la fragilidad política de las instituciones estatales. Describió el estado del material como "en bruto", sin catalogar ni clasificar, lo que impone un desafío técnico de sistematización considerable. Alertó sobre la pérdida irremediable de testimonios directos debido al fallecimiento o envejecimiento de las víctimas, convirtiendo al resguardo audiovisual y documental en la única garantía de transmisión intergeneracional. Su mención a que registros audiovisuales pagados por la Nación en juicios pasados hoy son inasumibles o están en manos de particulares denota una angustia temporal que motiva la acción inmediata.

El aporte de Fernando Pequeño: El caso Ragone

Fernando Pequeño realizó una contribución específica y concreta a la propuesta archivística de Solá y Álvarez al introducir el acervo documental del juicio por la desaparición del exgobernador Miguel Ragone, celebrado en 2011.

Pequeño señaló que existe un importante volumen de material fílmico —aproximadamente 50 DVDs— que documenta el proceso judicial de manera íntegra, desde la primera sesión hasta la lectura de la sentencia. Este registro fue posible gracias a un convenio entre el gobierno provincial y el INCAA (que Pequeño identificó críticamente como el "desaparecido Inca"), constituyendo una línea de registro distinta e independiente de la justicia.

Actualmente, este material se encuentra disponible públicamente en el canal de YouTube de la Asociación Ragone. Pequeño propuso "bajarlo de ese YouTube y ponerlo en otro" para centralizarlo en una cuenta institucional legitimada por la universidad, permitiendo que forme parte de un cuerpo documental oficial. Sin embargo, advirtió sobre la necesidad de procesamiento: el material está "en bruto" (sesiones grabadas con cámara fija), por lo que requiere un trabajo de sistematización, categorización y análisis por parte de historiadores y especialistas en comunicación para que sea realmente accesible y útil para la investigación.

Esta intervención ilustra lo que Diana Maffía denominaría la construcción de vínculos afectivos en la configuración del poder: la memoria no se transfiere solo por ley, sino por la legitimidad que las organizaciones otorgan a la universidad como custodia de su historia.

 

4. Democracia versus Soberanía: Una Disputa Teórica con Consecuencias Prácticas

Uno de los momentos de mayor densidad conceptual del encuentro fue el intercambio entre Fernando Pequeño y Alejandra Solá respecto a la validez de "Democracia" frente a "Soberanía" como eje articulador del programa.

Fernando Pequeño propuso un desplazamiento terminológico radical. Sostuvo que la democracia, en el estado actual de cosas, ha sufrido un proceso de degradación tal que ya no sirve como eje de las luchas populares. Definió uno de sus ejes de trabajo como "Memoria y Soberanía", argumentando que "tal vez no sea democracia el concepto, sino soberanía" para restaurar la potencia del campo popular. Vinculó este reemplazo conceptual directamente con las luchas gremiales y la resistencia al plan económico, buscando "problematizar" y "argumentar" contra la pasividad de los discursos oficiales.

Alejandra Solá recogió el desafío intelectual coincidiendo en el diagnóstico de crisis pero difiriendo en la solución política. Reconoció que existe una "ambivalencia" y que la gente siente "bronca" hacia la democracia con razones atendibles ante la crisis actual. Sin embargo, afirmó con claridad: "Yo personalmente creo que hay que defender el dispositivo de la democracia y hablar coyunturalmente... tenemos que retornar a una democracia popular". Su advertencia fue contundente: abandonar el concepto de democracia es peligroso porque "si no tenemos democracia, ¿qué? Porque la soberanía tampoco es nuestra". Su preocupación se centraba en el avance de las derechas que se "apropian" o "desapropian" de la democracia para destruirla desde adentro.

Rodrigo Solá intervino explicando que la decisión de incluir la palabra "Democracia" en el nombre del programa fue resultado de un debate intenso. Argumentó que el concepto funciona como un "paraguas mayor" necesario para enfrentar el negacionismo y los cuestionamientos actuales, permitiendo observar un panorama más amplio de acciones.

Cora Pauluzzi y Mercedes Quiñones aportaron matices adicionales. Pauluzzi coincidió en que la situación es problemática porque las derechas acceden a través de la democracia para destruirla, haciendo necesario problematizar conceptos como soberanía y estado en estos espacios académicos. Quiñones, desde una perspectiva más ideológica, se definió como defensora de una "democracia socialista".

Este intercambio constituye lo que Elizabeth Jelin denominaría una "batalla por la memoria" y por el capital simbólico de la transición: una lucha por definir el marco normativo desde el cual se narra el pasado y se construye el futuro político. El planteo de Pequeño sobre el "vaciamiento" refleja la preocupación de Pollak por cómo las memorias oficiales pueden volverse cáscaras vacías si no se anclan en las luchas presentes.

El punto de acuerdo fue claro: todos coincidieron en que la democracia actual está bajo ataque y que la universidad debe ser el espacio para estas reflexiones "estratégicas y duras". Mientras Pequeño apostó a la soberanía como un concepto más "salteño" y "popular", la academia se aferró a la democracia como el último refugio institucional contra el totalitarismo.

 

5. La Agenda: 50 Acciones por los 50 Años


La agenda programática acordada se estructura sobre la propuesta de "50 acciones por los 50 años", proyectada desde el 24 de marzo hasta el 10 de diciembre de 2026. Los ejes de trabajo se organizan en tres dimensiones fundamentales:

A. Dimensión Archivística y Justicia

El primer eje constituye el núcleo duro del programa y responde a lo que Pollak conceptualiza como la lucha contra el silencio impuesto y la fragilidad de las memorias que no logran institucionalizarse.

Resguardo de expedientes federales: Se ratificó el convenio con la Fiscalía de Derechos Humanos para que la Facultad de Humanidades sea depositaria oficial de los archivos (Word, PDF, videos, sentencias) de los 31 juicios de lesa humanidad realizados en Salta. Este gesto transforma a la universidad en custodio de la memoria judicial provincial.

Sistematización del material "en bruto": Se acordó un plan integral de catalogación y digitalización del material audiovisual de los juicios. Esto incluye la integración de los 50 DVDs del juicio a Miguel Ragone (2011) actualmente alojados en el canal de YouTube de la Asociación Ragone, que serán procesados por historiadores y comunicadores para hacerlos accesibles a la investigación.

Colaboración con el Museo Histórico: El museo aportará capacidad técnica para la conservación preventiva de documentos y la puesta en línea de fondos documentales, incluyendo archivos personales y material disperso de la carrera de Antropología. Esta articulación busca rescatar lo que Pollak denomina "memorias subterráneas" de la vida cotidiana universitaria.

B. Dimensión Académica y Curricular

Esta dimensión responde a la propuesta de Quiñones de "transversalización" y constituye el aspecto más innovador del programa desde la perspectiva pedagógica.

Transversalización de contenidos: Incorporación sistemática de la perspectiva de derechos humanos en los planes de estudio de grado y posgrado, detectando y cubriendo vacancias de investigación. Este proceso implica revisar las currículas de todas las carreras de la Facultad.

Prácticas Profesionales y Reparación: Los estudiantes de la Maestría en Derechos Humanos y de grado realizarán prácticas profesionales en el programa, enfocándose específicamente en la reparación de legajos universitarios de desaparecidos y en la sistematización de la historia institucional de la propia universidad durante la dictadura.

Formación Docente: Creación de un "postítulo" específico y materiales pedagógicos para docentes de nivel medio, con el fin de combatir el rechazo directivo y la falta de materiales de historia local en las escuelas secundarias. Alejandra Solá fundamentó esta iniciativa en la experiencia comparada con la Fundación Salvador Seguí de España.

C. Dimensión de Extensión y Cultura

El tercer eje busca disputar la batalla cultural en el espacio público, transformando el capital judicial en capital pedagógico según la conceptualización de Jelin.

Ciclos Artísticos: Organización de festivales, vigilias culturales, proyectos de muralismo y un ciclo de cine documental con la participación de figuras como la cineasta Lucrecia Martel. Estos eventos buscarán producir materiales en "lenguajes accesibles para jóvenes" (cortos, placas, infografías).

Presentaciones Editoriales: Lanzamiento de libros específicos sobre la memoria local, incluyendo Sapos de otro pozo (sobre el exilio) y Lo imposible (30 años de H.I.J.O.S. Salta), además de producciones sobre la historia de los años 70 en la provincia.

Vínculos Internacionales: Realización de talleres y seminarios con la Fundación Salvador Seguí (España) sobre gestión de archivos del movimiento obrero y memorias de la transición, estableciendo redes de cooperación académica internacional.

Debate sobre identidades: Se acordó incorporar explícitamente la perspectiva de género y el debate sobre los "30.400" (visibilizando a la comunidad LGBT+ en las víctimas del terrorismo de Estado). Fernando Pequeño propuso una "ética del cuidado" y nuevas masculinidades para reinterpretar figuras como el Che Guevara, alineándose con la propuesta de Maffía de desafiar las hegemonías universales.

Acuerdos Operativos Inmediatos

El encuentro concluyó con definiciones concretas para garantizar la continuidad del proceso:

  1. Próxima reunión: 27 de febrero de 2026 para organizar el lanzamiento oficial previo al 24 de marzo.
  2. Comunicación: Creación de una lista de correo institucional y un Drive compartido para estandarizar las propuestas mediante una "fichita" de registro común.
  3. Identidad Visual: Implementación del logo "50 años, 50 acciones" y gestión de un membrete oficial para toda la documentación del programa, garantizando visibilidad institucional.

 

La Universidad como Trinchera de Soberanía Documental

El encuentro del 13 de febrero de 2026 en la Facultad de Humanidades de la UNSa representa un momento fundacional en la batalla por la memoria en Argentina. A 50 años del golpe de Estado de 1976, este programa adquiere un significado que trasciende la  conmemoración para constituirse en una política de resistencia académica ante lo que los participantes identificaron como un "avasallamiento discursivo" del presente.

El mérito central de esta iniciativa radica en su capacidad de transformar una efeméride en un plan de soberanía documental y educativa. Como señala Jelin en su trabajo sobre justicia transicional, los procesos de memoria no se agotan en los juicios ni en los rituales conmemorativos: requieren de "emprendedores de la memoria" que sostengan la labor de resignificación del pasado en el espacio público. El Programa MyDDHHUNSa opera precisamente en esta dimensión, articulando la investigación académica con la urgencia política de los organismos territoriales.

La propuesta de resguardo de archivos judiciales responde a lo que Pollak conceptualiza como la fragilidad de las memorias ante el silencio impuesto por el poder político. La transferencia de los expedientes de los 31 juicios de lesa humanidad desde la órbita judicial a la académica no constituye un mero trámite administrativo: es un gesto de soberanía epistémica que garantiza que las voces de las víctimas y los testimonios de los sobrevivientes no queden a merced de gobiernos "a los que ese material no les interesa", en palabras de Canela Álvarez. La universidad se transforma así en el último refugio institucional contra el olvido.

La dimensión curricular del programa —la transversalización de los derechos humanos en grado y posgrado— representa una apuesta pedagógica de largo aliento. No se trata solo de agregar contenidos, sino de formar subjetividades críticas capaces de leer el presente a la luz del pasado reciente. La creación del postítulo para docentes de nivel medio es particularmente significativa: busca disputar la batalla cultural en el territorio donde se forma la conciencia histórica de las nuevas generaciones, combatiendo tanto las vacancias de formación como los rechazos directivos que aún persisten en las escuelas.

El debate conceptual entre "democracia" y "soberanía" que atravesó el encuentro no fue una digresión teórica sino el reconocimiento honesto de una tensión constitutiva del momento histórico. La defensa del "dispositivo democrático" que planteó Alejandra Solá frente a la propuesta de "soberanía" de Fernando Pequeño refleja posiciones legítimas dentro del campo popular ante un sistema político que muchos perciben como degradado. Que la universidad se constituya en el espacio donde estas discusiones "estratégicas y duras" puedan darse sin censura es, en sí mismo, un acto de resistencia democrática.

La inclusión explícita de la perspectiva de género y la visibilización LGBT+ en la cifra de "30.400" representa una actualización necesaria de la memoria. Como propone Maffía, las nuevas subjetividades políticas no pueden quedar fuera del relato histórico sin empobrecerlo. La propuesta de Pequeño de una "ética del cuidado" frente a la "ética del odio" busca construir masculinidades alternativas y ampliar el espectro de identidades reconocidas en la lucha por los derechos humanos, dando cuenta de sujetos históricamente excluidos de los juicios y relatos oficiales.

En el contexto de los 50 años del golpe, el Programa MyDDHHUNSa se inscribe en la tradición de la justicia transicional latinoamericana, pero con una particularidad: opera en un momento de reflujo de las políticas de memoria a nivel estatal. Esto le confiere una responsabilidad adicional. Como advirtió Fernando Pequeño, "si no hacemos presente al estado, las luchas mueren con sus actores". La universidad asume así el rol de garante de continuidad de una lucha que las organizaciones sociales ya no pueden sostener en soledad ante la hostilidad gubernamental.

La agenda de "50 acciones por los 50 años" no es un catálogo de eventos sino una estrategia integral que combina rigor académico, compromiso político y creatividad cultural. Desde la sistematización de archivos judiciales hasta los murales callejeros, desde los seminarios internacionales hasta los postítulos docentes, cada acción responde a la convicción expresada por Mercedes Quiñones de que la universidad debe "salir de sus muros" para ganar fuerza política ante el desfinanciamiento y el ataque discursivo.

El Programa de Memoria y Derechos Humanos de la UNSa representa, finalmente, lo que podría denominarse una "pedagogía de la resistencia": la voluntad de transformar el dolor histórico en conocimiento crítico, el expediente judicial en herramienta pedagógica, la memoria subterránea en conciencia colectiva. En un país donde el negacionismo gana terreno y donde las políticas de memoria son cuestionadas desde el poder, iniciativas como esta constituyen trincheras de dignidad democrática.

A 50 años del golpe que intentó borrar la memoria y aniquilar el pensamiento crítico, la Facultad de Humanidades de Salta demuestra que la batalla cultural no está perdida. Que 15 personas hayan dedicado una tarde de febrero a diseñar meticulosamente un programa de 50 acciones es, en sí mismo, un acto de fe en el futuro. Como escribió Rodolfo Walsh en su carta abierta, "estas son las reflexiones que en el primer aniversario de su infausto gobierno he querido hacer llegar a los miembros de esa Junta". Cincuenta años después, la universidad pública sigue haciendo llegar su palabra, su memoria y su compromiso con la verdad. Esa es su más alta contribución a la democracia.

 



[1] Orden Claude: A partir del texto que te adjunto. Construye un informe de divulgación que exprese el clima, la espacialidad y el diálogo entre los interlocutores en la Sala de Reuniones de la Facultad de Humanidades de la U N Sa. Anticipa un resumen breve del delineo de una posible agenda y desarrollala al final del informe. Respeta el siguiente orden: 1.- presenta la reunión general; 2.- presenta a los interlocutores y el argumento central de su intervención; 3.-  presenta los archivos de los juicios, con lo presentado por Solá y Álvarez y destaca el aporte de Fernando Pequeño Ragone desde la Asociación Miguel Ragone; 4.- presenta las expresiones sobre “Soberanía” y “Democracia”; 5.- Desarrolla la agenda. Establece relaciones con las consideraciones teóricas presentes en el informe. Construye un cierre meritando la importancia de este Programa y las acciones propuestas en el contexto de los 50 años del Golpe, la justicia transicional y la batalla cultural.