domingo, 15 de febrero de 2026

Memoria en Plural: Recomendaciones sobre las condiciones estructurales que la Mesa de Derechos Humanos de Salta debiera construir ante el 50° Aniversario del Golpe de Estado

 



 











El 13 de febrero de 2026, en la Facultad de Humanidades de la Universidad Nacional de Salta, tuvo lugar la reunión constitutiva del "Programa de Memoria y Derechos Humanos" para coordinar las "50 acciones" por el 50° aniversario del golpe de Estado. En un contexto de "avasallamiento financiero y discursivo" sobre derechos humanos, tres referentes presentaron propuestas en nombre de la Mesa: Canela Álvarez (H.I.J.O.S.), Fernando Pequeño Ragone (Asociación Miguel Ragone) y Marcela Gutiérrez (Asociación Coca Gallardo).

Estas propuestas surgieron de conversaciones informales, no de un plenario formal. Este hecho plantea una tensión fundamental: ¿cómo construir representaciones legítimas sin procesos deliberativos explícitos? Para que la Mesa enfrente efectivamente el desafío del 50° aniversario, debe fortalecer sus mecanismos democráticos internos. La legitimidad externa ante la universidad requiere, primero, legitimidad interna entre organizaciones. Solo así la memoria colectiva será verdaderamente plural y democrática.


Síntesis:

 



Contenidos:

1.Introducción: Un encuentro crucial en tiempos de avasallamiento

2.La sombra de lo informal: democratización y representación en la Mesa

3.Las propuestas: tres miradas, una trinchera común

3.1.Canela Álvarez: Archivo, exilio y estética de la resistencia

3.2.Fernando Pequeño Ragone: Batallas culturales y subjetividades en disputa

a)Memoria y Soberanía (vs. Democracia degradada)

b)Archivo y Justicia: La soberanía documental

c)Identidad y Género: Los 30.400

d)Masculinidades: El Che Guevara y la ética del cuidado

3.3.Marcela Gutiérrez: El soporte institucional y la prevención

4.Convergencias y tensiones: el tejido complejo de la memoria colectiva

Intersecciones:el núcleo duro de la resistencia

Divergencias:metodologías de la intervención política

5.Conclusión: La memoria como praxis colectiva en el 50° aniversario

Llamadoa la acción: Hacia una memoria democrática y plural

 

 

1. Introducción: Un encuentro crucial en tiempos de avasallamiento

El 13 de febrero de 2026, en la Sala de Reuniones de la Facultad de Humanidades de la Universidad Nacional de Salta (UNSa), tuvo lugar un encuentro que, más allá de su aparente formalidad institucional, representa un acto de resistencia política y pedagógica. En un contexto nacional descrito por los propios participantes como de "avasallamiento financiero y discursivo" sobre el campo de los derechos humanos, quince personas se reunieron para dar forma al "Programa de Memoria y Derechos Humanos", orientado a coordinar las "50 acciones por los 50 años" del golpe de Estado de 1976.

En ese encuentro tomaron la palabra tres representantes de la Mesa de Derechos Humanos de Salta, cada uno aportando desde institucionalidades diferenciadas pero convergentes: Canela Álvarez, integrante de H.I.J.O.S. Salta y trabajadora de la UNSa, quien además representa a la agrupación nacional de hijos e hijas del exilio; Fernando Pequeño Ragone, referente de la Asociación Miguel Ragone y portavoz de las cinco organizaciones históricas que conforman la Mesa; y Marcela Gutiérrez, de la Asociación Coca Gallardo y colaboradora del Comité Nacional para la Prevención de la Tortura.

Esta configuración no es azarosa. La Mesa de Derechos Humanos de Salta, como espacio de coordinación, evidencia en estos tres interlocutores una pluralidad representativa fundamental: mientras comparten la membresía común en la Mesa (su intersección institucional), cada uno trae consigo afiliaciones complementarias que amplían el alcance político del colectivo. Álvarez conecta con la militancia generacional de H.I.J.O.S. y las redes nacionales del exilio; Pequeño Ragone articula la memoria familiar directa de las víctimas con el trabajo territorial histórico; y Gutiérrez vincula la lucha por la memoria del pasado con la vigilancia de derechos humanos en el presente a través del mecanismo nacional de prevención de la tortura. Esta diversificación —que incluye ONGs territoriales, centros de documentación y organismos estatales de control— fortalece la capacidad de incidencia de la Mesa, permitiéndole operar simultáneamente en múltiples registros: el activismo callejero, la gestión académica, la articulación judicial y la prevención contemporánea.

Sin embargo, como veremos, esta riqueza representativa también plantea desafíos en términos de legitimidad interna y procesos decisorios democráticos.

2. La sombra de lo informal: democratización y representación en la Mesa

De la primera reunión en la incipiente mesa de trabajo del Programa de Memoria y Derechos Humanos en la Universidad, se evidencia una tensión estructural que merece ser problematizada: aunque las propuestas fueron presentadas formalmente "en nombre de la Mesa de Derechos Humanos", su génesis no provino de un plenario deliberativo formal, sino de "conversaciones informales entre miembros". Esta situación, lejos de ser anecdótica, nos interpela sobre los modos en que las organizaciones de derechos humanos construyen legitimidad interna en contextos de urgencia política.

Desde la perspectiva de la justicia transicional desarrollada por Naomi Roht-Arriaza, sabemos que la efectividad de las políticas de memoria depende no solo de su contenido sustantivo, sino de la legitimidad procedimental de quienes las impulsan. Una Mesa de Derechos Humanos que articula organizaciones con historias, culturas políticas y metodologías diversas requiere mecanismos explícitos de toma de decisiones que eviten la concentración del poder enunciativo en algunos referentes, por legítimos que sean sus trayectorias personales.

El riesgo de este modelo informal es doble. Por un lado, puede generar sensaciones de subrepresentación entre aquellos miembros de organizaciones que no participaron de las conversaciones previas, incluso si coinciden sustantivamente con las propuestas. José Bleger, desde el psicoanálisis institucional, nos alertaba sobre cómo los "pactos implícitos" —aquellos acuerdos no formalizados que organizan la vida de las instituciones— pueden convertirse en fuentes de malestar cuando no son explicitados y revisados colectivamente. Una organización puede sentir que su voz fue "representada" sin haber sido efectivamente consultada, lo que erosiona la confianza y la cohesión.

Por otro lado, existe el riesgo de legitimación externa frágil: cuando un programa universitario o una instancia estatal solicita el posicionamiento "de la Mesa", esperan que ese posicionamiento refleje un proceso deliberativo robusto. La informalidad puede ser funcional en contextos de movilización urgente, pero se vuelve problemática cuando se trata de establecer alianzas institucionales de largo plazo, como la que aquí se está construyendo con la UNSa.

¿Cómo fortalecer entonces la democratización interna sin perder capacidad de respuesta? Desde una perspectiva de sostenibilidad institucional, resulta imperativo implementar estrategias concretas:

1. Protocolo de representación escalonada: Establecer que las propuestas que se presenten "en nombre de la Mesa" en espacios institucionales externos requieren, como mínimo, la circulación previa de un documento borrador entre todas las organizaciones miembro con un plazo de 72 horas para comentarios. Esto no implica unanimidad, pero sí garantiza que todas las voces tengan oportunidad de ser escuchadas.

2. Plenarios híbridos trimestrales: Implementar reuniones presenciales obligatorias cada tres meses, complementadas con herramientas digitales (Google Meet, Zoom) que permitan la participación de representantes que no puedan asistir físicamente. Estas reuniones deben tener orden del día circulado con antelación y actas públicas.

3. Mecanismo de disenso constructivo: Crear un protocolo que permita a cualquier organización miembro expresar un "disenso parcial" con una posición mayoritaria, quedando registrado en las comunicaciones oficiales. Esto enriquece la pluralidad sin paralizar la acción colectiva.

4. Rotación de vocerías: Establecer que las representaciones ante instancias externas (universidades, gobierno, medios) roten entre diferentes organizaciones cada seis meses, evitando la concentración de la función enunciativa en los mismos referentes.

5. Sistematización de memoria institucional: Crear un archivo digital compartido donde queden registradas todas las propuestas, deliberaciones y posicionamientos de la Mesa, permitiendo que nuevos miembros o generaciones futuras puedan reconstruir el proceso histórico de toma de decisiones.

Estas medidas no buscan burocratizar la militancia, sino proteger la vitalidad democrática de una Mesa que, precisamente por su pluralidad, requiere cuidados institucionales específicos. Como señala Elizabeth Jelin en su trabajo sobre memorias colectivas, las organizaciones de derechos humanos no solo custodian la memoria del pasado; también son laboratorios de democracia en el presente.

3. Las propuestas: tres miradas, una trinchera común


3.1. Canela Álvarez: Archivo, exilio y estética de la resistencia

La intervención de Canela Álvarez estructura su propuesta desde una triple legitimidad: como militante de H.I.J.O.S., como hija del exilio y como trabajadora técnica de la propia UNSa. Esta posición le permite articular lo que denominaremos "soberanía documental": la necesidad urgente de que la universidad se convierta en custodia de los archivos judiciales de los 31 juicios de lesa humanidad realizados en Salta.

Como ella misma expresa: "las personas se nos van yendo", introduciendo un marcador de urgencia temporal que politiza el duelo biológico. Álvarez no solo está pensando en preservar papeles; está pensando en transferir el "capital simbólico de la verdad" —en términos de Pierre Bourdieu— desde los cuerpos envejecidos de los testigos directos hacia soportes institucionales que puedan garantizar su permanencia frente a gobiernos "que ese material no le interesa".

Aquí se activa uno de los conceptos centrales de la justicia transicional: la idea de que la verdad judicial no puede quedar atrapada en los expedientes, sino que debe transformarse en materiales pedagógicos accesibles para las nuevas generaciones. Álvarez propone específicamente trabajar sobre los archivos digitales en diversos formatos (Word, PDF, videos) para crear insumos audiovisuales que puedan llegar a las escuelas.

Pero su intervención no se agota en lo archivístico. Álvarez introduce una dimensión históricamente invisibilizada: el exilio como violación de derechos humanos. Al presentar el libro Sapos de otro pozo, producido por la agrupación nacional de hijos e hijas del exilio, está disputando el relato hegemónico que construyó una jerarquía implícita entre las víctimas: desaparecidos en primer lugar, presos políticos en segundo, y exiliados en una "categoría inferior". Michael Pollak, en su trabajo sobre "memorias subterráneas", explica cómo ciertas experiencias permanecen silenciadas no por olvido, sino porque no encajan en el marco narrativo dominante. El exilio, al no tener la carga dramática de la desaparición ni el heroísmo de la resistencia carcelaria, quedó durante décadas como una memoria "no-dicha" en muchas familias.

La propuesta de Álvarez es, en este sentido, profundamente reparatoria: busca que la UNSa sea el "sitio pertinente" para que las historias locales de exiliados salteños dejen de ser anécdotas familiares y se transformen en conocimiento público legitimado.

Finalmente, Álvarez incorpora una dimensión que Fernando Pequeño retomará con fuerza: el protagonismo de las asambleas transfeministas y la importancia del arte como herramienta de resistencia. Señala que "el arte llega donde el discurso teórico no llega", anticipando que la batalla por la memoria en 2026 no puede librarse solo en el lenguaje de los juristas o los académicos, sino que requiere también de la "estética de la resistencia" que Álvarez lee en los escraches, las intervenciones callejeras y las producciones culturales de las nuevas generaciones.

3.2. Fernando Pequeño Ragone: Batallas culturales y subjetividades en disputa

La intervención de Fernando Pequeño Ragone es la más conceptualmente densa y políticamente combativa de las tres. Pequeño, nieto del exgobernador desaparecido Miguel Ragone y militante histórico en Salta, no se presenta como un simple depositario de memoria familiar, sino como un "emprendedor de la memoria" —en términos de Jelin— que busca actualizar el debate sobre qué significa recordar el terrorismo de Estado en 2026.

Su propuesta se estructura en cuatro dimensiones estratégicas que funcionan como "campos de batalla" culturales:

a) Memoria y Soberanía (vs. Democracia degradada)

Pequeño propone un desplazamiento conceptual audaz: abandonar la "democracia" como eje articulador del campo popular, dado que el concepto está "totalmente degradado" por el accionar del Estado actual. En su lugar, propone la "soberanía" como concepto vertebrador, vinculando la memoria del terrorismo de Estado con las luchas gremiales contemporáneas y el plan económico vigente. Sostiene que el negacionismo actual no es solo una disputa historiográfica, sino una "herramienta política para desarticular la soberanía de los trabajadores".

Esta línea argumental resuena con los debates de la teoría política latinoamericana sobre "democracia sustantiva" versus "democracia formal". Como señala Guillermo O'Donnell, la democracia en América Latina no puede evaluarse solo por la existencia de elecciones, sino por la capacidad efectiva de los ciudadanos de ejercer derechos. Pequeño está diciendo: si el Estado actual vacía de contenido la democracia, entonces nuestra tarea no es defenderla nostálgicamente, sino construir soberanía popular desde abajo.

b) Archivo y Justicia: La soberanía documental

En línea con la propuesta de Álvarez, Pequeño enfatiza la necesidad de que la UNSa resguarde archivos judiciales. Pero introduce un matiz crucial: menciona la existencia de "200 páginas aportadas por un ex-fiscal" que documentan el inicio de la política post-dictadura en 1983 y "cómo ciertos actores actuales se encubrieron en aquel proceso".

Aquí el archivo deja de ser un "depósito de papeles muertos" para convertirse en prueba de continuidades institucionales: la dictadura no terminó el 10 de diciembre de 1983, sino que dejó redes de complicidad y silencio que pervivieron durante décadas. Esta lectura conecta con el concepto de "impunidad estructural" desarrollado por Roht-Arriaza: no es solo que algunos culpables no fueron juzgados, sino que las instituciones mismas protegieron activamente a los perpetradores.

Además, Pequeño destaca la importancia del archivo fílmico del Juicio Ragone (2011), compuesto por 50 DVDs que documentan el proceso completo. Actualmente alojado en YouTube en el canal de la Asociación Ragone, Pequeño propone "migrarlo" a un repositorio universitario oficial para dotarlo de "legitimidad institucional". Esta propuesta dialoga con la teoría de la gestión de la memoria de Pollak: la memoria no es algo que simplemente "existe", sino que requiere de dispositivos institucionales que la protejan del olvido y la manipulación.

c) Identidad y Género: Los 30.400

Quizás la propuesta más audaz de Pequeño es su defensa de la cifra "30.400" para visibilizar a la comunidad LGBTQ+ entre los desaparecidos. Argumenta que "no se pueden obviar las identidades que no estuvieron presentes en los juicios hasta recientemente" y que el movimiento LGBT unido al feminismo constituye hoy un "actorazo político" ineludible.

Esta propuesta conecta directamente con los debates contemporáneos sobre interseccionalidad en los estudios de memoria. La cifra de "30.000 desaparecidos", aunque simbólicamente potente, invisibilizó durante décadas las identidades sexuales disidentes que fueron objeto de persecución específica. Como señala el trabajo de Insausti y Greco sobre el Archivo de la Memoria Trans, la dictadura ejerció violencias diferenciadas sobre los cuerpos trans, travestis y homosexuales, muchos de los cuales nunca fueron registrados como "desaparecidos" por sus familias debido al estigma.

Pequeño no está proponiendo "reemplazar" la cifra histórica, sino ampliarla para hacer justicia epistémica a quienes fueron doblemente borrados: por la dictadura y por el heteronormativismo de las propias organizaciones de derechos humanos durante años. Esta es una batalla por la hegemonía narrativa dentro del propio campo de la memoria.

d) Masculinidades: El Che Guevara y la ética del cuidado

La cuarta dimensión propuesta por Pequeño es, según sus propias palabras, "la más compleja": analizar al Che Guevara como paradigma de masculinidad para contraponer una "ética del cuidado" frente a la "ética del odio" promovida por las nuevas derechas.

Este eje dialoga con los estudios sobre masculinidades hegemónicas de R.W. Connell, quien mostró cómo la construcción social de "lo masculino" en contextos revolucionarios latinoamericanos exaltó la dureza, el sacrificio y la violencia legítima como virtudes, invisibilizando las dimensiones del cuidado, la vulnerabilidad y la afectividad. Pequeño está proponiendo una relectura del Che desde el feminismo, buscando rescatar lo que Carol Gilligan llamaría una "ética del cuidado" capaz de disputar las subjetividades juveniles que hoy son captadas por discursos de crueldad y competencia extrema.

Esta propuesta no es nostálgica; es profundamente estratégica. En un contexto donde las nuevas derechas reclutan jóvenes varones ofreciéndoles modelos de masculinidad basados en el dominio y el desprecio, Pequeño propone ofrecer una masculinidad alternativa: la del "hombre nuevo" guevariano releído desde una ética feminista. Es una batalla por las subjetividades en disputa, reconociendo que la memoria del pasado solo será políticamente relevante si logra interpelar a las generaciones presentes.

3.3. Marcela Gutiérrez: El soporte institucional y la prevención

La intervención de Marcela Gutiérrez es más breve pero estratégicamente crucial. Como integrante de la Asociación Coca Gallardo y colaboradora del Comité Nacional para la Prevención de la Tortura, Gutiérrez aporta lo que podríamos llamar el "blindaje institucional" del programa.

Su rol no es proponer nuevas líneas temáticas, sino asegurar que las propuestas de Álvarez y Pequeño cuenten con el respaldo de mecanismos estatales de protección de derechos humanos. El Comité Nacional para la Prevención de la Tortura, creado en cumplimiento del Protocolo Facultativo de la Convención contra la Tortura (OPCAT), es un organismo con facultades de inspección sobre lugares de detención y capacidad de emitir recomendaciones al Estado argentino.

La participación de Gutiérrez vincula la memoria del terrorismo de Estado con la prevención de violencias institucionales en el presente. Esta conexión no es retórica: sabemos por el trabajo de organizaciones como la Comisión Provincial por la Memoria de Buenos Aires que muchas de las prácticas de tortura documentadas en comisarías y cárceles argentinas en los últimos años tienen continuidad directa con las metodologías de la dictadura (posiciones forzadas, submarino seco, violencia sexual).

Gutiérrez está diciendo: la memoria no es solo mirar hacia atrás, sino construir las condiciones institucionales para que el "Nunca Más" sea efectivo hoy. Desde la perspectiva de la justicia transicional, esta es la función de las "garantías de no repetición": no basta con juzgar a los responsables del pasado si el Estado sigue reproduciendo prácticas torturantes en el presente.

4. Convergencias y tensiones: el tejido complejo de la memoria colectiva

Cuando analizamos las tres intervenciones en conjunto, emergen tanto intersecciones fundamentales como divergencias metodológicas que enriquecen la propuesta colectiva.

Intersecciones: el núcleo duro de la resistencia

Los tres interlocutores convergen en puntos que constituyen el consenso político mínimo de la Mesa en 2026:

1. La Universidad como refugio institucional: Existe un acuerdo total en que la UNSa es el "sitio pertinente" y el "plafón" necesario para proteger la memoria frente al negacionismo estatal. Esta confianza en la universidad como "trinchera" no es ingenua: reconoce que, pese a sus contradicciones, la autonomía universitaria sigue siendo uno de los pocos espacios institucionales capaces de resistir presiones políticas directas.

2. El combate al negacionismo como batalla presente: Los tres identifican la reactivación de la "teoría de los dos demonios" como el principal enemigo discursivo. No están hablando de un debate historiográfico abstracto, sino de un negacionismo que tiene consecuencias materiales concretas: recortes presupuestarios a organismos de derechos humanos, desfinanciamiento de programas de memoria, cuestionamiento público de las cifras de desaparecidos.

3. La urgencia temporal: Hay consenso en que "las personas se nos van yendo" y que es imperativo sistematizar testimonios y archivos "en bruto" antes de que los testigos directos fallezcan. Esta urgencia no es solo biológica: es también política, reconociendo que cada testigo que muere es una batalla perdida frente al olvido.

Divergencias: metodologías de la intervención política

Donde las propuestas se diversifican es en los énfasis estratégicos y las metodologías de intervención:

Técnico-archivístico vs. Teórico-político: Mientras Álvarez se enfoca en la "labor de memoria" técnica (catalogar, digitalizar, sistematizar archivos judiciales), Pequeño se inclina por las "batallas culturales" subjetivas (masculinidades, soberanía, 30.400). Esta no es una contradicción, sino una complementariedad estratégica: la memoria requiere tanto de su base material (los archivos) como de su actualización simbólica (los marcos interpretativos).

Desde la perspectiva de Richard Rorty sobre los derechos humanos, podríamos decir que Álvarez trabaja en el "sentimentalismo" (hacer que la gente sienta empatía por las víctimas a través de testimonios concretos), mientras que Pequeño trabaja en el "vocabulario moral" (disputar los conceptos mismos con los que pensamos la democracia, la violencia y la justicia).

Universalismo vs. Particularismo: La propuesta de Pequeño sobre los 30.400 introduce una tensión productiva con la cifra históricamente consensuada de los 30.000. Desde la teoría de los derechos humanos, esta tensión refleja el debate entre universalismo (todos los desaparecidos son iguales en su condición de víctimas) y particularismo (algunas víctimas sufrieron violencias específicas por su identidad sexual que deben ser nombradas).

Esta tensión no tiene resolución fácil, pero su sola existencia es valiosa: impide que el campo de la memoria se congele en fórmulas repetidas y lo obliga a dialogar con los debates contemporáneos sobre interseccionalidad. Como señala Nancy Fraser, la justicia requiere tanto de redistribución (reconocer a todas las víctimas) como de reconocimiento (nombrar las especificidades de cada opresión).

Memoria vs. Prevención: La intervención de Gutiérrez introduce una dimensión que podría parecer tangencial, pero que es políticamente central: vincular la memoria del pasado con la vigilancia sobre las violencias institucionales del presente. Esto conecta con el concepto de "justicia transicional en contextos de violencia persistente" desarrollado por el Centro Internacional para la Justicia Transicional: en países donde la violencia estatal no cesó completamente después de la dictadura, no puede haber una separación tajante entre "memoria histórica" y "derechos humanos actuales".

Esta diversidad de enfoques refleja lo que R.W. Connell llamaría "masculinidades múltiples" en el campo de la memoria: no hay una única forma correcta de recordar, sino múltiples estrategias que deben coexistir y complementarse. La clave está en que estas diferencias no se conviertan en fragmentación, sino en pluralismo estratégico.

5. Conclusión: La memoria como praxis colectiva en el 50° aniversario

A cincuenta años del golpe de Estado de 1976, el encuentro del 13 de febrero de 2026 en la UNSa representa un momento de madurez política del movimiento de derechos humanos en Salta. La propuesta colectiva de la Mesa, expresada a través de las voces de Álvarez, Pequeño y Gutiérrez, demuestra que la memoria no es un monumento estático, sino un tejido vivo capaz de incorporar nuevas luchas, nuevas identidades y nuevos desafíos.

El valor estratégico de este diálogo radica precisamente en su capacidad de articular intersecciones (el consenso en la universidad como refugio, el combate al negacionismo) con diversificaciones (el exilio, la diversidad sexual, la prevención de la tortura). Esta combinación crea lo que podríamos llamar una "memoria resiliente": suficientemente sólida en su núcleo de verdades innegociables (el terrorismo de Estado fue un crimen de lesa humanidad), pero suficientemente flexible para incorporar nuevos sujetos y demandas sin traicionar su esencia.

Para Salta, esta propuesta tiene un peso específico adicional. La Asociación Miguel Ragone no es una organización más: es el recordatorio vivo de que el primer golpe fue aquí, contra un gobernador peronista democráticamente electo. El Juicio Ragone (2011) fue el primer juicio de lesa humanidad en la provincia, estableciendo un precedente fundamental. Al proponer que la UNSa resguarde los 50 DVDs de ese juicio, Pequeño Ragone no solo está preservando la memoria de su abuelo, sino estableciendo a Salta como un faro de justicia transicional para todo el Noa.

La integración del exilio en la agenda, propuesta por Álvarez, también tiene resonancia local: Salta fue un corredor de exilio hacia Bolivia y Chile, y muchas historias de familias dispersadas nunca fueron contadas. Al incorporar Sapos de otro pozo en el programa, se está haciendo justicia reparatoria con una generación que creció sintiéndose "menos víctimas" que los hijos de desaparecidos o presos políticos.

Finalmente, la insistencia de Pequeño en visibilizar a la comunidad LGBTQ+ y proponer nuevas masculinidades conecta con las luchas presentes de las juventudes salteñas, donde las asambleas transfeministas han sido protagonistas de las resistencias al gobierno nacional actual.

Llamado a la acción: Hacia una memoria democrática y plural

Este ensayo no puede concluir con una simple descripción académica. El momento político exige interpelación y compromiso. A las organizaciones de la Mesa de Derechos Humanos de Salta, a las entidades aliadas, a los actores académicos, sindicales, estudiantiles y comunitarios, se les plantea un desafío colectivo:

1. Democratizar la representación: Es imperativo formalizar los mecanismos de deliberación interna de la Mesa. Las propuestas aquí analizadas son valiosas, pero su legitimidad se fortalecería con procesos participativos explícitos. Convocamos a implementar plenarios regulares, rotación de vocerías y protocolos de consulta que garanticen que todas las voces sean escuchadas.

2. Sostener la alianza con la UNSa: La universidad es el "plafón" institucional que puede proteger la memoria frente al negacionismo. Pero esta alianza requiere reciprocidad: la UNSa debe garantizar recursos, legitimidad y apertura pedagógica; las organizaciones deben aportar su acumulado histórico, su conexión territorial y su capacidad de movilización.

3. Ampliar la coalición: Las "50 acciones por los 50 años" no pueden ser solo de los organismos históricos. Es necesario incorporar activamente a sindicatos, movimientos estudiantiles, colectivos feministas, comunidades indígenas y organizaciones barriales. La memoria del terrorismo de Estado solo será políticamente relevante si logra articularse con las luchas del presente.

4. Construir pedagogías de la memoria: No basta con preservar archivos; es necesario transformarlos en materiales pedagógicos accesibles. Las escuelas, los centros comunitarios, los sindicatos, deben poder acceder a testimonios, documentos y análisis que les permitan comprender por qué el "Nunca Más" es una consigna viva, no un eslogan del pasado.

5. Disputar las subjetividades: La batalla por la memoria es también una batalla por el presente y el futuro. Como propone Pequeño Ragone, es necesario ofrecer a las juventudes modelos de subjetividad política que disputen los discursos de odio y crueldad. La ética del cuidado, el reconocimiento de las diversidades, la valoración de la vulnerabilidad como fortaleza política, deben ser parte de esta pedagogía.

El 24 de marzo de 2026 no será una fecha más. Será la oportunidad de demostrar que la memoria colectiva en Salta está viva, es plural, es democrática y es capaz de dialogar con las complejidades del presente sin renunciar a las verdades del pasado.

La Mesa de Derechos Humanos tiene ante sí la responsabilidad histórica de convertir este 50° aniversario en un punto de inflexión: no solo recordar, sino construir las condiciones institucionales, culturales y políticas para que el terrorismo de Estado sea definitivamente inimaginable en Argentina.

El "Nunca Más" no es un deseo: es un compromiso que se construye cada día, con archivos resguardados, con memorias plurales, con pedagogías críticas, con alianzas sólidas y con democracia interna. Es un compromiso que nos convoca a todos.

La memoria es acción. La memoria es presente. La memoria es responsabilidad colectiva.

 

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